De entre todas las puertas que hay en el firmamento del laberinto existencialista en el que El Chico Moreno ha vagado, sólo dos paladean su atención: Disculpa y Sumisión.
Entrar a ambas significa estar bajo ese influjo creador y desbordante. La inconformidad le da la fuerza potencializadora literaria que se pierde entre eones de navajas rojas, navajas serpenteantes de voces seductoras anhelando hincar diente sobre arterias vitales.
Arrepentimiento por causar problemas a alguien querido, le arrebata de este mundo. Aleja su pensamiento de este plano de existencia para convertirlo en alguien sin forma física en nuestra realidad.
El Chico Moreno aúlla por dolor con el carmí derramado sobre sus sábanas. Cristales de tristeza abruman sus mejillas y clarean la suciedad que ha ganado por semejante felonía.
Subterfugios etílicos le sirven como salvoconducto para librar su mutis, usando fáticamente el fatídico “perdón”.
Todo se acaba nuevamente en su existir. No hay viento, mareas, esperanza, lunas, tierras... tampoco tú. Está solo y no soporta morir así. El Chico Moreno suspira. Escucha las navajas. Sonríe. La clava en mí.
